1 Una ponencia: el Bildungsroman arqueológico (2008)

A María Rostworowski

 

 

Había encontrado un canal de videos llamado Contra la atisca en Youtube.

Escribió: Terry Malatesta al lado del icono de la lupa. Allí estaba ella en una suerte de lugar oscuro, apenas iluminada por la luz de la pantalla. Su rostro un tanto irregular por los bordes azulados tomados por la cámara de una laptop. El audio era defectuoso porque parecía haberse grabado a la intemperie. Los bordes de barro que hacia el lado derecho de su cabeza se podían ver, le hacían situarla en una huaca. Más o menos el mismo concepto de la ponencia y su deseo de fundar un nuevo modo de Protección Patrimonial en el Perú. Las calificaciones que se le hacían en los comments iban desde nacionalista, localista, chauvinista hasta leguiísta y algunos ismos más.

En la sección comentarios, después de scrollear podías ver la cantidad de anónimos que la sindicaban de loca e ignorante… Algunos que eran un poco más elaborados y no se quedaban solamente en el mero hecho de insultar, sino que le pedían se morigerara tomando en consideración que no todos los estudiosos tenían esas ansias de usufructuar con el legado del pasado. Una larga lista de amenazas, con faltas de ortografía, con un lenguaje soez, se desplazaba en veinte comentarios más y links a proyectos en los que se había considerado a los pueblos de origen, poniendo en valor la capacidad ancestral de sobreponerse a un medio ambiente hostil y hacer de ello una maravilla.

Como ocurrió en el coloquio, lo que le tocaba a todos los que leían o escuchaban fue la pasión y el tono de denuncia que ponía en su voz.

Resucitar que la fiebre que había sometido a hombres como Di Ranucci (y a huaqueros como su propio padre), era tan antigua que explicaba de un modo tan lógico la sucesión de acontecimientos históricos que habían determinado no solo el saqueo de nuestro pasado, sino también y sobre todo la ideología que sustentaba ese robo. El febril saqueo (recuerda que así se expresó) se estableció legalmente y se organizó desde el propio gobierno virreinal, a quienes se debía entregar el quinto que le correspondía al Rey. El asunto no quedaba ahí, sino que cada empresa se registraba de modo legal. Abundaban los contratos al respecto, contratos coloniales firmados a puño y letra entre personas que iban a trabajar la huaca. Debido a los problemas suscitados por la conquista, en pleno siglo XVI la densidad demográfica había caído terriblemente y ésta se había extendido además hasta el siglo siguiente. Entonces había una radical falta de mano de obra. Faltaban hombres para meterse debajo de la tierra y encontrar los tesoros que Cieza de León, citando a fray Domingo de Santo Tomás, decía se encontraban junto a los señores prehispánicos: armas, plumerías, adornos, pero sobre todo oro. Inmensas cantidades de oro.

En los contratos se registraba precisamente el jornal que se debía pagar, pero nunca se cumplía este requisito. El tema de la mano de obra era un tema difícil, a veces se recurría a esclavos, pero el pago era oneroso. Hombres como el Conde de Nieva se enfrentaban además a una situación maleva. En su conocida Relación, dice que los naturales se negaban refiriendo que la huaca o el demonio que la habita, los castigaría.

Otro célebre poseso por la fiebre del oro, otro celebérrimo buscador de fastuosos entierros, fue Hernando Pizarro, primer encomendero de Chincha. Hernando había medido la experticia de los plateros de esas zonas, los cuales son mencionados en el título del depósito de encomienda que le fue otorgado el 5 de enero de 1534, un año antes de la fundación de Lima, por su hermano Francisco Pizarro. Otro muy conocido fue Hordóñez, el extorsionador, primer encomendero de Pachacamac. Su historia representa un capítulo sangriento (disculpen la tristeza) de la historia primera del Perú. Se dice que Hordóñez, llegaba a tal punto de maldad, que obligaba a los indios que tenía encomendados a entregarle oro y plata de sus huacas y de la sepultura de sus antepasados, recientes y antiguos, bajo la amenaza de colgarlos y quemarlos vivos. Luego de juntar su tesoro, a expensas de la traición a la memoria y la sangre de sus antepasados, fundió todo y lo convirtió en barras de oro. Además los obligó a entregarle sus joyas y pertenencias.

Muchos señores siguieron dedicándose al huaqueo y a su febril enfermedad: encumbrados señores, encomenderos, hidalgos pobres, mercaderes, sastres, albañiles, miembros de cofradías, mulatos esclavos, negros, curacas y jefes étnicos. Estos últimos no eran, como en el caso de Hordóñez, obligados a robarles a sus muertos. Algunos de estos realmente lo hacían con afán de lucro. Igualmente como grupos ingentes de naturales, a quienes no les importaban sus antepasados ni sus huacas. Se unían en aventuras junto a señores españoles, quienes los protegían e iniciaban la búsqueda. El resultado era el mismo despojo: indios ambiciosos que luego también eran engañados: no sacaban nada por su traición. Su pasado y el recuerdo de los suyos estaba además destruido.

Y era aquí que el discurso de Terry se volvió violento. Alzó la voz con la intención de gritar su verdad, sus ojos se tornaron rojos.

¿Quiénes eran estos hombres, a quienes parecía no importarles nada? No les importaba traicionarse a sí mismos. No les importaba arrastrarse bajo las patas de los caballos hispanos. No les importaba vender a los suyos, a su propia sangre, vender los huesos de su raza. No les importaba que demonios venidos de tierras ignotas metieran sus sucias patas en los tesoros de su pueblo en las tumbas de sus antepasados, en el recuerdo y la memoria de su pasado aplastándolo con sus pezuñas. No les importaba despertar a sus dioses ni sus señores, interrumpir el sueño eterno de sus ídolos y sus muertos, de las construcciones sagradas (algunas de ellas) que antes de que fueran saqueadas con la Conquista se enterraron para que nadie las profane con su espuria ambición.

La verdadera pregunta que se debía enunciar aquí era: ¿estaban amargados ya estos naturales con sus dioses por permitir la maldad de los demonios europeos? ¿Dónde estaba el castigo esperado por remover y destruir las estructuras de su pasado?

Atisca. Era la voz que según Albornoz en su Instrucción para descubrir todas las guacas del Pirú designaba a una huaca vencida y derrotada. Ya sin el poder de sus dioses violentados, refugiados en algún lugar del desierto, desprovista de poder ya. Esto lo reafirma en su diccionario quechua, fray Domingo de Santo Tomás, al definir atisca como “cosa vencida, sujetada en la batalla”. ¿Eran entonces estos hombres producto de la atisca? Una generación de atiscas que se dejaban arrebatar sus tesoros, su memoria.

Atiscas que dejaban profanar los huesos de sus antepasados.

Atiscas por dejar que sus momias vieran la luz de la vida cuando, todavía debajo del desierto, protegidos por la oscuridad de lo sagrado y violentadas, no podían emitir queja ni grito contra la ambición de hombres como Hernando Pizarro, el atisador Hordóñez, y todos los traidores, encumbrados o no, caciques, jefes o simples naturales amargados y sometidos a la pobreza y la condena de un virreinato enfermo que se asentaba sobre las bases subterráneas del saqueo y la destrucción del pasado, y de paso apuñalados por la herida psíquica de una traición a la memoria y los muertos que sustentaban antes de la llegada de los españoles la cosmovisión cultural, política y social de todo el mundo prehispánico.

Atiscas que dejaban que sus estructuras del pasado y la memoria fueran primero sacudidas y luego destruidas por seres profanos, mitad bestias, mitad ambición que venían en barcos desde el infierno a llevarse todo lo que era de ellos.

Pero Terry no se quedaba allí. No le bastaba con denunciar el pasado, sino que lo recogía todo y lo traía al presente: 

¿Es acaso la atisca un germen imbuido en nuestro propio ADN? ¿Suplantado nuestro esplendor milenario por una falsedad que nos han impuesto los amos herederos de la atisca virreinal? ¿Seguimos viviendo como atiscas, sometidos a otros amos, vendiendo nuestros tesoros (culturales y naturales), indiferentes a sus consecuencias?

Y en este punto Mayana recordó el anfiteatro y su concurrencia, cuando los rostros del horror se desdibujaban entre la gente y muchos asistentes salían indignados, dando voces de protesta, lanzando carpetazos, enseñando un puño marcial, Terry alzó la mirada y los retó con lo que a continuación dijo:

¿Son solo campesinos los herederos de esa vieja afrenta, gente humilde la que se dedica a saquear nuestro pasado? ¿Quiénes son los verdaderos culpables, los antiguos señores que dirigían la afrenta del saqueo, en sus caballos, viendo de modo indiferente a lo lejos la profusión de fuerza de sus jornaleros impagos, estafados, traidores? ¿Y todo a la luz del gobierno virreinal en busca de su quinto real para el gran rey español? La gran fiebre sustentó toda la economía virreinal y todo su usufructo se transformó en gruesas barras de oro que fueron trasladadas a Europa y sustentaron grandes riquezas en el norte del Perú.

Claro que no todos, quizá eran mayoría, pero hubo gente que denunció, individuos fueron fuertes a la tradición y con su fuerza nos salvaron. Se negaron a revelar dónde estaban enterrados sus lugares ceremoniales, entregaron falsas pistas, soportaron el cepo y la tortura, mantuvieron intacto el legado. No se entregaron a la atisca, sino que atizaron el valor de una cultura grande, milenaria, antigua con la esperanza de una pronta resurrección. A ellos deberíamos mirar en busca de nuevos (aunque perdurables y eternos) valores a favor de un nuevo Perú.  

Necesitamos en este bicentenario que se aproxima refundar un nuevo Perú.

¡No a la atisca!

¡Viva el Perú milenario!

Mayana se quedó espantada luego de ese grito y al mismo tiempo cautivada por su sinceridad: ese amor disfrazado de odio que incendiaba la voz de Terry como si su corazón estuviera lleno de gas propano. Algo ha surgido violentamente dentro de ella al verla mover su corto cabello y ver sus ojos brillantes pasar del rojo al verde, del verde al gris y del gris al verde.

Está enamorada.

 

(Referencia bibliográfica al bajarse la novela en la sección Nota del autor)

 

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