2 Mayana (1988)

Estrecha su mano y luego Mayana la besa largamente en la mejilla.

Lucrecia explica cuáles han de ser sus funciones en su trabajo como asistente. Luego se retira.

Le gusta su forma de caminar.

Le gusta lo dura que es.

Le gusta la sexualidad que desprende en cada movimiento.

Ahora entiende por qué el anciano confía en ella. Ve su enorme grupa, sus hombros brillantes y redondos, su cabellera vaporosa, su boca sagaz y su lengua rosada. La desea. Toda la noche la ha deseado en secreto. Sueña con ella, y no sabe si sus orgasmos son la lenta percusión del tambor y el silbido de los huacos. O es su sangre agolpándose con violencia en sus sienes. No sabe si es su cuerpo el que vibra, su cuerpo que late como una bomba de dinamita a punto de explotar. O es la música que hace algo dentro de ella al arrastrarse por los pasillos del castillo y se detiene justo frente a su cama.

Quisiera que Lucrecia se desnudara en la oficina en la que trabajan desde hace semanas, que sus lentas palabras formales se transformaran en frases sexuales y obscenas.

Quisiera tener su lengua dentro de su hocico de dragón, como si fuera una yesca que propiciara una descarga nuclear.

Quisiera que el viejo las viera enredadas entre sus tesoros.

Quisiera que las túnicas de oro y los pectorales, estuvieran en el cuerpo de Lucrecia y ella la adorara como el ídolo de una bruja.

Quisiera simular frente a ella que es una simple virgen perdida en un castillo: desvalida, sola, y Lucrecia fuese la malvada madrastra sexual que ha de corromperla.

Quisiera simular que está aterrada por los poderes materiales de Di Ranucci, aterrada de que finalmente encuentre el espíritu de su padre dentro de ella. Y que en lugar de atraparlo de modo figurado, rasgara su cuerpo para hallar la maldición de su padre.

Todo esto podría ser cierto, pero en realidad (piensa, mientras juguetea con sus dedos) ha venido a servirse del poder del anciano para salir de en medio de ninguna parte. Ha venido a venderse una vez más al mejor postor, como su padre vendía los tesoros que su espíritu le revelaba. Entre el aborrecimiento y la desesperación, ha venido a probarse que puede ser alguien junto a ese anciano. No importa el precio que haya que pagar.

Llora todas las noches sabiendo que esto es cierto y que no hay forma de evadirse.

Lucrecia es la llave a su propio tesoro.

Cuando están juntas mira sus piernas. Trata de olerla, de rozarla, de tocarla. Sabe que Lucrecia no es ajena al deseo. Ama el modo en que viste en esa ciudad tan mezquina con los colores. Su ropa (no la ha visto más que en portadas de revista europeas) es formal y sexual al mismo tiempo. Ama el calor que se desprende de ella: quiere poseer su conocimiento también. Le encanta su inteligente ironía cuando se dirige a algún sagaz marchante. Lucrecia le dice que ha trabajado en el Metropolitan Museum of Ancient Art. Sí, conoce los mejores museos del mundo. Sabe de las adquisiciones que museos así han hecho desde el siglo XIX. Le cuenta el tránsito entre Europa y Estados Unidos, sabe de los frisos y pórticos paquidérmicos de Mesoamérica que llegaban por partes al despacho de los doctores del arte. La tasación, los intermediarios, las cordatas, la abundancia de recursos para especular, Sotheby, Bizancio, los engaños y triquiñuelas, el prestigio que alcanzó en Estados Unidos el arte precolombino. Quizá hasta algo de lo que tu padre vendió al señor Di Ranucci llegó a algún prestigioso museo. Quizá una cultura entera que aquí ni siquiera se conoce… Pero no te alarmes somos un apéndice del arte más refinado. ¿Te dice algo Euphronio, uno de los mas grandes pintores de piezas y ánforas griegas? ¿No? Porque a diferencia de los artesanos precolombinos, los griegos ya tenían autoría y firmaban sus trabajos.

Puede enumerar los escándalos, los fakes que rondan los pasadizos de los mejores museos americanos, los sótanos repletos de obras falsificadas, delicados engaños aclimatados en sofisticadas urnas egipcias, y mientras ella le muestra la fotografía de una gran vasija griega, y le indica que hasta para el arte hay una clara jerarquía entre lo más valioso y lo de menor valía (Grecia y Roma, Bizancio, Israel, México y después América del Sur), Mayana le mete las manos por los muslos. Se acerca para morderle el cuello, ruega por besarle la boca, ruega porque le entregue sus enormes labios. Desea succionar su enorme lengua rosada, pero Lucrecia se niega sin alarmarse, hablando como si entre sus piernas no ocurriera nada, como si solamente se tratara de arte, tráfico, malas artes y su cuerpo fuera otro tipo de instancia.

Ella sigue hablando de las enormes vasijas griegas, saqueadas desde el tiempo de la Roma Imperial, aquellas que ya se conocían del tiempo de Adriano (expresa con desprecio, como si ella misma se configurara en el fake femenino de Di Ranucci, adoptando la misma aura maligna, reflejo filial venido del pasado) y las que luego han sido saqueadas de forma industrial en las antiguas villas italianas por tombaroli, los esteleros en Guatemala, los huaqueros de Sudamérica, dice cambiando de geografía como si saltara de un hemisferio al otro), mientras siente que su órgano crece, se expande entre los dedos de Mayana, hasta adquirir dimensiones mágicas, casi la alza en peso, toma con denuedo los enormes muslos maduros de Lucrecia. Y muerde su cuello: babea, lame y otra vez muerde…

Lucrecia finalmente abre las piernas.

 

 

(Ninguno de los personajes de este libro corresponde a personas reales)

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