4 Historia del mal (1942-1945)

MUSEE DU JEU DE PAUME ENTRÉE INTERDITE AU PUBLIC
Per ordre de Her Kommandantur

DAS BETRETEN DES MUSEUMS IST STRENGSTENS VERBOTEN
der Kommandant Von Gross Paris

Bertrand relee muy rápido al llegar al Jeu de Paume. Como todos los días, se fue caminando hasta el Jardín de las Tullerías, en la esquina noreste, avanzando siempre erguido y orgulloso de su tarea en el antiguo salón de pelota de Napoleón III. El lugar de juego aristócrata par excellence. Un recinto rectangular construido en 1861, al extremo occidental de la terraza Feuillant. Era uno de los tesoros de París, diseñado un par de siglos antes. En el interior se desplazaba por la única escalera que conectaba con el nivel superior, y siempre mirando hacia lo más alto, registraba las galerías de paredes blancas. Cada paso un placer. Dentro, la altura del edificio le daba un efecto abrumador. Bertrand primero en su escritorio ultima los detalles, tratando de ganarse la confianza de los jerarcas alemanes. Los preparativos han de ser formidables, es mejor tener listo el lugar donde reposan los más grandes baluartes del arte, y escondidos bajo gruesas capas de papel, otros síntomas de la degeneración del arte, un malestar en todo Europa, como un cólico, un retorcijón pictórico que debe acabar. Él ha de ser el censor y limpiador de esa lacra infecta a la que llama arte degenerante.

¿De qué modo ha de ayudar a la causa del Fürher, ahora que es un colaborador? ¿Y cuál es su posición como fino conocedor del arte? Hay otros que esperaban ocupar su posición, pero él tenía asegurado el puesto, pues por un golpe de suerte agradó el gusto de Goering, el gran mariscal nazi. El cerdo necrofílico.

Apenas llegan los camiones vacíos, mis ojos refulgen. Dejo a un lado mis notas y salgo. Soy todo visión, todo vislumbrar. Caen chispas de fuego a mi alrededor. He de dejar de ser tan solo un tasador y marchante sin perspectivas en un mundo gobernado por judíos. Meros acaparadores y especuladores. El momento que tanto he ansiado, está tan cerca: ser el marchante más importante de la nueva Florencia del siglo XX: la rue de la Boétie. Hago números, compongo cifras, tratos escondidos, calculo presupuestos y tasaciones, envío saludos y estrecho ambiciones junto a mis contactos en Alemania, Estados Unidos, Suiza e Inglaterra, donde el arte huye, se almacena, se esconde, se sepulta, desaparece entre firmas y falsificaciones apenas el Führer y su ejército ha entrado a Francia.

En principio me limité a ser testigo del modo en que los grandes cuadros habían sido trasladados a escondidas por los propios judíos, puestos a buen recaudo en las bóvedas de los bancos fuera de Francia, o, si fue imposible tanta logística, dentro de alguno en la propia Francia, o, si el movimiento era desesperado, entonces ocultos dentro de la caja fuerte hundida en el lugar más ignoto de sus casas o fuera de ellas. Aunque esto último casi era la última alternativa, la más aciaga y desesperada.

Una vez que sus bienes (los más grandes cuadros de la historia universal de la pintura, los más grandes tesoros) fueron puestos (oh ironía) a buen recaudo (ellos lo creían, qué infaustos), la judería huía desesperada hacia el suroeste, avanzando hasta la Francia Vasca, creyendo que con cada paso se alejaban de los carniceros venidos del Norte, mientras toda Francia se llenaba de nazis: o debería decir de fantasmas, de adolescentes deseosos de llevarse a una prostituta francesa a la cama, ellos corrían a buen recaudo. Las valijas llenas de efectivo y joyas. El oro y el dinero del mundo huye también, escapa, desaparece, pasa de mano en mano, se desvanece.

En mi posición de antiguo tasador y marchante, puedo intuir lo que ha de ocurrir, pongo en funcionamiento mi cerebro. Observo, analizo, pregunto. Esto ha de convertirse en el gran negocio. Intuyo la compleja jerarquía nazi. Descubro sus vasallajes y el frío gobierno de los jerarcas nazis. Su triunfo es su propia jerarquía. Sus comercios y su industria han crecido y han sostenido después de la Primera Guerra este imponente ejército que quiere reivindicar la derrota. Han comido el cieno y ahora se elevan como dioses del mal. He de copiar su jerarquía y esa industria de filias y odios para crear mi propia red, mi empresa del saqueo, mi jauría de delatores. Mi industria es mi terna de traidores y felones.

Una jerarquía inversa.

Ambiciosos y aborrecidos seres como Maurice, mi amante.

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