3 Historia de una cabeza (1986-1989)

HOMBRE REAL

Tú no eres como ellos. Estos nuevos son más rápidos y están por todas partes. Salen en grupo, a veces lentamente, a veces raudos, reptando en la noche con sus instrumentos. Mascullando sortilegios y fortunas, llenos de energía, porque una de esas noches encontrarán lo que los hará ricos una semana, un día, una noche, seis meses, dos años, y hasta allí llega su imaginación.

No son como tú.

Tú encontraste algo que te ha hecho más grande. Ellos ahora están lejos de tu cama donde los médicos te visitan y se horrorizan de ver la forma en que te estás consumiendo mirando hacia el desierto, mirando más allá de la caña, como siempre has hecho, soñando sueños de entierros y ajuares, donde la maldición de los vivos (aquellos que te amaron) no te alcance, donde los lamentos de tus hijos (Mayana y Elvis) no te alcancen. Más allá del azúcar, más allá de las máquinas y el ingenio. Más allá del tapado, la mocha y la labranza.

Ellos están lejos de ti, pues aquí solo les quedan los huecos que tú les has dejado en el desierto, donde ya no es posible encontrar nada. Los maxilares y los restos de todo lo que ya no sirve. Restos de huacos, restos de textiles, restos de pelos y matas y molares y pedazos de calaveras. Solo has dejado para ellos los rastros de tu paso, los rastros de tus uñas dentro de la tierra, los rastros de tus dedos luchando contra el peso de la tierra que te quiere aplastar contra los otros muertos. Rastros de huecos debajo del desierto. Rastros que ya nadie podrá seguir.

No puedes culparlos por no entrar por los mismos huecos que tú abriste, pues allí solo podrían encontrar la maldición del vacío, y para qué regresar al vacío que su padre dejó detrás de sí. Ellos van a buscar fortuna en otros lugares, muy lejos de aquí, pues aquí solo les queda el ingenio o las largas bandas de producción de la industria. Les espera el sueldo mínimo y la resignación. No puedes culparlos de que no sean como tú, pues ellos cuando se hartan de no encontrar (porque eso es lo que no harían, cavar estúpidamente por donde tú ya cavaste), entran en la cuenta de que es inútil, y maldicen. Entonces deciden salir muy lejos a recorrer el desierto, a tentar su propia suerte a otros desiertos (para encontrar la fortuna).

Gente como tú nunca has sido, porque tú siempre estuviste por aquí, soñando con tu calavera.

Buscan a otros como ellos en otro lado, en otro tramo del gran desierto del Perú, en ese cementerio inabarcable con la visión (aunque tú sí lo has visto completo, porque tú has solicitado la Gran Visión del San Pedro). Entonces le preguntan a estos nuevos que no creen en las historias que se cuentan de boca en boca, a esos otros que no saben lo que tienen debajo de sus pies. Escuchan atentos sus historias y sus sueños, porque ellos sí han aprendido eso de ti. Han aprendido a escuchar y a seguir esos rastros. Escuchan lo que esos hombres tienen que decir. Como comerciantes bien afiatados, no le dan importancia a sus dichos, se hacen los indiferentes, se burlan incluso de las tonterías que dicen los demás: esas creencias hueras.

Sin embargo, piden detalles por turnos, y los otros se embotan contando y cantando lo que han visto (o han creído ver en el sueño), lo que han oteado en lugares tan absurdos como el desierto onírico, que es una suerte de hermano siamés del verdadero desierto peruano. Han escuchado la historia del hombre que solía ver a su tío chacchar la hoja de coca con cal y rociarla sobre hojas de periódico, soltando el cañazo ardiente sobre ellas, extendiendo la vida de ese pasado ya ido que son las noticias diarias, y aliarse de soporte de la eternidad del adormecido relato de la coca. El verdadero relato. El Gran Relato. Entonces solo después de embriagarse, sueltan sus nuevos dichos y solo después de eso dejan escapar el Relato. Dejan que la vida se les vaya en ese Relato.

A veces es largo y sinuoso, otras veces lento. Pero en alguna ocasión está preñado de significado, es maravilloso, majestuoso. Sobrepasa el propio sentido de la vida. La ambición y el deseo de sobrevivir incluso es anulado por el Gran Relato.

Y ellos están atentos a las leyendas, vagabundos que siempre escuchan cualquier historia, cualquier sueño, cualquier pesadilla es buena para intentarlo, para salir en busca de lo que sea, porque su vida es errabunda y precaria, sobre todo precaria. Y ellos escuchan ataviados de indiferencia, porque ellos sí saben qué ha pasado allí. Saben que lo que se está revelando es la Ruta. Y con ese relato contado de boca en boca, de visión en visión, deciden seguir su viaje. Deciden salir rápido antes de que los otros sepan. Salen a buscar, a cavar. Se juntan en más grupos porque hay que cavar rápido y fuerte, y mientras más manos, mejor. Y cuando sale lo que buscan (que nunca es mucho ni suficiente para todos), deben desaparecer el tapado lo más rápido posible. Abandonar todo lo que han dejado tras de sí. Esos indicios de su presencia, moviéndose uno tras otro, y luego disueltos por alguna sombra hasta encontrar quién los pueda sacar del desierto, una vez que lo han dejado atrás y todo es quietud y silencio, y la luna arriba es grande y, por ratos, se dejan ver a la luz que de tanto en tanto sale de algún lado de la Panamericana.

Todos quieren algo del ajuar.

Antes, en los tiempos de la ceremonia, los tiempos de las calaveras y las mesas, los huaqueros como tú ansiaban el poder absoluto y hacían tratos para alcanzar lo que ansiaban, compactaban, vendían sus almas. Incluso vendían las almas que no le pertenecían, vendían la pureza que les era esquiva. Los hombres como tú que arrastraban su propia perfidia. Pero ahora no. Ahora no se puede, no queda tiempo. Ahora la policía, el largo brazo del Estado, está sobre ellos, los persiguen. No hay paz una vez se tiene el ajuar descubierto, y no tendrían el valor de deshacerse por dinero del gran tapado que te hará rico por un tiempo tan corto.

No son como tú.

Antes (o ahora) solo querían llenar la panza, o se contrataban por un salario a uno de esos intermediarios que como en una empresa legal, organizaba la búsqueda que no podía emprender por sus propios medios y en su secreta ambición, iniciaba el saqueo con máquinas, lámparas a gas, bulldozers monumentales, entre palas mecánicas y hombres que pareciera erigirían el nuevo Reino del Perú. Y estos nuevos eran solo peones entre fuerzas más grandes que ellos.

Podría ser éste el nuevo Reino del Perú que emerge desde un desierto o cerca de una ladera abandonada en medio de cultivos de algodón o arroz o caña. Pero no es nada de eso, no hay reino secreto, ni nuevos pilares que sostengan la nueva República del Perú, sino que es el viejo y atávico saqueo del oro prehispánico, solo que ahora llevado por máquinas ultramodernas, venidas de Norteamérica, Alemania o Japón.

O entonces ellos se dejaban contratar y la precariedad huía de su lado por un tiempo demasiado largo y entonces olvidaban el relato. Olvidaban la búsqueda, se plantaban en algún lugar del desierto y olvidaban como alguna de esas calaveras expuestas al sol. Se quedaban bajo el amparo del Barón, los protegía en su propia empresa, les daba todo, y ellos solo eran peones dentro de la gran maquinaria que obligaba con violencia a que el desierto les diera todo lo que le pedían. Olvidaban el hambre y la sed, olvidaban sus almas errabundas, olvidaban su libertad, olvidaban la angustia que les oprimía las tripas. Olvidaban que eran esclavos erigiendo la efigie de otro poder. Pero luego la memoria regresaba y cada vez era peor. Cada vez el Perú era otro y el mismo. El tiempo se acababa una vez más y tenían que salir a buscársela.

Cuando están solos, junto a sus compinches, estos nuevos no tienen tiempo ni dinero al descubrir el tapado. El tiempo cuenta, pues deben deshacerse del tesoro lo antes posible, y cada minuto que pasa después de descubrir algo, es valioso. Es cada vez más peligroso, empieza a crecer, a gritar. Los huacos empiezan a aullar al verse desprovistos de sombra. Todo grita y dice: no hay forma de regresar a la sombra bajo la duna. Preferimos la oscuridad del desierto. Preferimos su soledad. Y entonces estos nuevos, pueden contactarse con sus intermediarios. Llaman a Trujillo, a Chiclayo, llaman a Lima y toda esa red de llamadas, esa proliferación de voces empieza a crecer. Llaman a Estados Unidos, llaman a Europa, llaman al lejano reino del Oriente: el grito de la huaca llega a la ciudad, llega alertando dinero, dinero. Y entonces no hay forma de negociar demasiado si el tiempo es un ulular de viento y palabras que embiste.

No hay forma de detenerse. El nuevo modo en que se ganan la vida es ése: no detenerse, no parar, seguir y seguir, para vencer el hambre, pues si se asientan en un lugar, sin Barón ni empresa, morirán como tú que te pudres de a pocos, sentado cerca al respaldo de tu cama, sintiendo los dolores de tu cuello, las escaras que empiezan a crecer en tu región sacra. La piel se te hace girones. Sangras un poco, secas. Sangras, y luego un hematoma crece. Tienes sed, mucha sed, como si tú estuvieras con ellos en espíritu, como si tu alma vagara con ellos a través del desierto. Como si tu cuerpo desprovisto de numen se viera condenado a vagar por toda la costa del Perú. Planeas en un tipo de viaje astral por un desierto que conoces mejor que ellos, pues lo has visto en visiones, lo has visto no solo en la realidad que ellos habitan, sino en ese otro plano que ellos han habitado por cinco segundos, cinco minutos, pero que para ti es el hogar en el que has de vivir por siempre.

Tú sí crees. Sí tienes fe: una fe ardiente, y entonces en tu vuelo los ves también. Los ves recorrer de noche, como hormigas o gusanos, dentro de ruinas tutelares que luego caerán desmoronadas sobre ellos, los enterrarán vivos, los llevarán ante la presencia de sus momias. O saldrán vivos para contar qué han sufrido. Dirán que han sobrevivido, que ellos no podían morir en ese montículo de tierra, no podían morir sepultados, porque hasta ellos ha llegado algo que les dijeron del huaquero chamán que tenía sus propias leyes para sobrevivir, para protegerse de los espíritus, que hizo tratos oscuros. Y ellos quieren ser como él, pues ya no se podía hacer allí donde él vivía. Ya se secó la veta, ya no hay más dónde excavar, ya no hay dónde buscar más entierros, dónde encontrar más dueños que te revelen en ceremonias brunas dónde esconden la mocha.

Por eso salen como beduinos peruanos, salen como nuevos colonos que han de encontrar nuevos nichos dónde florecer a costa de los muertos.

Quisieras explicarles: que no haya angustia, que no haya pena, que no haya odio. También los muertos y sus entierros se acaban. Por eso odias la ambición de Di Ranucci. Ha traicionado la ceremonia, se ha saltado todos los santuarios y los ha destruido sin su ayuda, sin su concurso. Ha contratado chicos que han trabajado con él y buscan su propia fortuna, porque Fortunato se las robaba toda, porque él los encerraba en una sombra, como hacía con todos, para quedarse con toda la luz. La misma luz que ahora quieres para ti. La luz que te ha de rescatar de la oscuridad.

Así es estar con Hombre real. Te tiene atrapado en su poder, en sus ceremonias ocultas, en sus cifras y manías, en su propio hoyo negro de esoterismo. Él dicta las leyes, dicta las ceremonias, dicta los números, los lugares, las acciones. No hay forma de saber dónde está el camino de regreso si no estás con Hombre Real.

Fortunato ahora que te estás muriendo, buscas el aire y no lo encuentras, tienes frío y no hallas calor. Ardes como una yesca en medio del desierto, acorralado por salvajes tormentas que te incendian sin consumirte, cercado por la muerte que acecha sin atreverse a matarte. No aun, no así, como si ella tuviera un destino particular para ti. Sin embargo, solo tienes ganas de escapar. Tienes deseos de salir (pero ¡adónde!) como cuando estabas enterrado bajo el desierto, siguiendo vetas antiguas saqueadas en tiempos del español, en tiempos de las compañías de encomenderos y haciendas, socavones virreinales donde una gente antigua ha transitado su ambición y llevados sus registros y permisos ante la notaría y la Corona. Gente que ha derretido las sonajas y las orejeras y con ellas en paquidérmicos montículos de barro áureo, como huacas derretidas por monumentales lluvias arrastradas por las crecidas de los ríos que traen los Fenómenos del Niño de todos los siglos, ha formado barras de oro.

Recuerdas el modo en que a veces suena la tierra cuando con tus largas espadas atravesabas la tierra, y alguna vez, cuando los entierros eran fastuosos, sentías el sonido de los huesos al crujir, al despedazarse como terrones de barro, cuando veías los campos de caña balanceándose con la brisa, cuando descubrías acequias abandonadas, pequeñas capillas en plena carretera, un molino de azúcar, eructos humosos que llegaban desde lo más profundo del ingenio y tú sabías que no era solo la melaza. No era la caña que crujía como los huesos rotos de un indio prehispánico. No, era el sudor y el olor de la gente que trabaja en el ingenio. Gente de carne y hueso.

Tú los conoces. Tienes terror de ser solo un peón, prefieres la libertad de andar de aquí para allá. No quieres ser parte de una masa sin identidad ni voz. Te aterra tanto como si fuera la muerte que te anula.

Y tiene sentido, ya lo ha dicho Mayana, cuando cuenta las cosas que sabe ahora que ha visto a un policía, rondando por aquí, (no sabe si es alguien de Di Ranucci que viene a buscar tu Gran Ajuar, a ver si descubre lo que tanto ocultas, lo que hasta a tus propios hijos escondiste) y se queda un par de horas. Pero ella es muy callada, no dice mucho. Solo se aproxima a tu lado y reza entre lágrimas por tu recuperación, por tu salud, por tu vida. Reza todas las noches porque su hermano desaparecido regrese al menos a preguntarle cómo está, y si no es mucho pedir, ruega a Dios que tenga a su padre en su Gloria cuando muera, así se haya comportado como un pagano. Los sacrificios de los paganos van ofrecidos a los demonios y no a Dios… No pueden beber al mismo tiempo de la copa del Señor y de la copa de los demonios, ni pueden tener parte en la mesa del Señor y en la mesa de los demonios. ¿Queremos provocar acaso los celos del Señor? ¿Seremos acaso más fuertes que él? Ruega a la Gloria del Padre que su hermano venga cuando Dios lo reclame. Y finalmente juntos puedan amarse hasta el fin de los tiempos.

No, no eres el huaquero mágico ya, eres solo un viejo que empieza a morir. Tu calavera te ha abandonado a tus propios dolores, tus piernas no te responden ya. No tienen vigor ni vida. Empiezas a sentir que las ojeras te crecen, que tus ojos cuelgan. Todas las noches clamas (¿a quién?): quiero vivir, quiero salvarme. Vuelves a rogarle a tu demonio, al espíritu que te ha sostenido, pero encuentras horrorizado que ya no está. Espantado recuerdas que ahora ese cráneo está vacío, ya no está dentro de esa calavera. Se ha transformado en otra cosa y te ha abandonado. Ya no es a ti a quien necesita. Eres una cáscara, soy una cáscara, de nada ha servido que hayas abandonado a tus dos hijos, pues ahora estás enfermo y maldito, sientes que te hundes en un forado y aplicas todo tu odio (sí, el odio que te ha salvado de la putrefacción, para salir de allí, para sobrevivir, para caminar, y saltar, y hacer crecer tu sexo y tu corazón), pero solo alcanzas a emitir lamentos guturales en la noche, involuntarios, que se interpretan como que mejoras, como que tienes algo que decir acerca de tus dolores, pero no, son deseos y recuerdos de algo que se esfuma. La flema se te queda como un tejido en algún lugar de la garganta.

Intuyes que se acerca cada vez más el sueño eterno, esa suerte de Gran Relato de palabras infinitas, tan grandes y con tanto significado que sientes que te han de aplastar, como un sueño del que no podrás escapar. No podrás, en último instante, como ha sido tu vida de huaquero, salir del hoyo que tú mismo has abierto para salvarte y que trozos inmensos de tierra seca, arena y piedras, caigan sobre ti y te aplasten por toda la eternidad. Cada vez es más difícil, más inusitado hacerlo, librarte de morir sepultado, porque cuando despiertas de tu pesadilla, encuentras que pedazos de tierra se encuentran en tus uñas: sucias, negras, trozos de barro húmedo, y cuando tratas de destaparte para salir de la cama y llamar a Mayana, encuentras que toda tu cama es solo un forado de tierra húmeda, con gusanillos y un olor ocre que se mete por tu cuerpo, llamándote, y se extiende como un fardo bajo tu espalda, llenándote de enfermedad los ojos…

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